La Casa al Otro Lado del Fuego

Capítulo 7 — El Hombre Que Confesó

Un capítulo vivo de una novela en curso.
Capítulo 7 de 15

Efraín Abarca llevaba once años esperando que Alma Ríos le hiciera la pregunta equivocada.

Ella lo entendió antes de que él dijera hola.

La sala de visitas de la prisión era demasiado luminosa y demasiado beige, diseñada por alguien que había decidido que el dolor humano se volvía más seguro bajo luces fluorescentes. Las sillas de plástico estaban atornilladas al piso. Una máquina expendedora zumbaba contra una pared. En otra mesa, un niño coloreaba un dinosaurio mientras su padre lo observaba con ambas manos apoyadas sobre la mesa.

Silas estaba sentado junto a Alma.

Apenas había hablado durante las dos horas de camino.

Camila quería ir. Rafael se lo prohibió como si prohibir cosas todavía funcionara. Marisol no dijo absolutamente nada.

Alma llevaba copias de las cartas de Inés, las fotografías de Samuel y el inventario de evidencia en una carpeta delgada dentro de su bolsa.

Los originales se quedaron escondidos.

Había sido idea de Camila.

La confianza se había convertido en un artículo de lujo.

Cuando Efraín entró, Alma lo reconoció de inmediato por la fotografía en la sala de Silas.

El tiempo lo había estrechado.

Tenía el cabello casi completamente gris, cortado muy corto. Los hombros seguían siendo anchos, pero la prisión le había enseñado economía al cuerpo. Ningún gesto desperdiciado. Ninguna expresión ofrecida antes de ser necesaria.

Miró primero a Silas.

Algo tierno pasó entre los dos y desapareció antes de que el guardia pudiera notarlo.

Luego miró a Alma.

No a su rostro.

A sus ojos.

Se sentó frente a ellos.

—Te pareces a Inés cuando estás enojada —dijo.

Alma había preparado veinte preguntas.

Esa frase las borró todas.

—¿Sabías que venía?

—Pedí que vinieras.

—¿Por qué ahora?

—Porque Rosa llamó.

—¿La señora Vela?

Efraín asintió.

Silas se inclinó hacia delante.

—¿Todavía hablas con ella?

—Tu abuela me hizo prometer que siempre habría en el pueblo una persona más vieja que mis errores.

Silas bajó la mirada.

Alma puso ambas manos sobre la mesa.

—¿Tú provocaste el incendio?

La boca de Efraín se curvó sin humor.

—Ahí está.

—¿Qué?

—La pregunta equivocada.

—Confesaste.

—Sí.

—Entonces contéstame.

La estudió.

—No. Yo no incendié la casa de los Ríos.

La habitación no cambió.

No sonó ninguna alarma. No se abrió ninguna pared. La máquina expendedora siguió zumbando.

Al parecer, una verdad podía existir once años y aun así entrar al mundo en silencio.

A Alma se le cerró la garganta.

Silas no se movió.

Ya había escuchado aquello, comprendió ella.

—¿Cuándo te lo dijo? —preguntó.

Silas miró a su padre.

Efraín contestó por él.

—Después de la sentencia.

—¿Dejaste que tu hijo viviera con eso?

Los ojos de Efraín se endurecieron.

—Dejé que mi hijo viviera.

Alma se detuvo.

Ahí estaba el centro de todo.

—¿Qué pasó?

Efraín entrelazó las manos.

—La noche del incendio, Inés me llamó. Dijo que Rafael había cometido un error con unos papeles de propiedad y que una mujer de la familia Voss estaba tratando de obligarlo a terminar lo que había empezado.

—Celia.

—Yo no dije su nombre.

—No hacía falta.

Efraín miró a Silas.

—Le dije a Inés que iría por copias de lo que tuviera. Dijo que Ofelia había visto suficiente para respaldarla. Fui a la casa.

—¿Con Silas?

—No.

Silas pareció avergonzado a pesar de todo.

—Lo seguí.

El rostro de Efraín se suavizó medio segundo.

—En una bicicleta con un solo freno funcionando.

—Arreglé el otro después.

—Lo arreglaste después de estrellarte contra un bote de basura.

Alma los miró.

Durante un instante extraño eran simplemente un padre y un hijo recordando una bicicleta mala.

Luego volvió el incendio.

—Entré por atrás —continuó Efraín—. La puerta lateral estaba abierta. Inés me encontró cerca de la cocina. Me dio un sobre y me dijo que lo llevara a mi camioneta.

—¿Qué había dentro?

—Copias de documentos. Nunca las vi.

—¿Por qué?

—Porque Rafael salió.

Silas lo miró.

—Nunca me dijiste eso.

—Hay muchas cosas que no te dije.

—¿Qué hacían tú y Rafael? —preguntó Alma.

—Discutíamos.

—¿Por qué?

—Por Inés. Por los papeles. Por historia vieja. Escoge una.

—¿Estabas afuera cuando empezó el incendio?

Efraín la miró directamente.

—Sí.

—¿Y Rafael?

—Sí.

La implicación golpeó con fuerza.

Rafael había sabido que Efraín no podía haber iniciado las primeras llamas.

No lo sospechaba.

Lo sabía.

Alma volvió a escuchar el mensaje de Inés.

Pregúntale a Rafael por qué dejó que confesara el hombre equivocado.

—¿Qué pasó después?

—El humo salió por el pasillo trasero. Entramos corriendo.

—¿Los dos?

—Sí.

—¿Viste a Celia?

La mandíbula de Efraín se tensó.

—Vi a una mujer alejándose por el frente de la propiedad mientras yo entraba.

—¿Era ella?

—No podría jurarlo.

—¿Rafael sí podría?

Efraín no contestó.

Alma sintió subirle calor por el cuello.

—¿Podría?

—Pregúntale a Rafael.

—Ya lo hice.

—Pregunta mejor.

Silas se movió a su lado.

—Papá, díselo.

Efraín miró a su hijo.

El rostro del hombre mayor cambió.

—Viniste por la respuesta de ella.

—Vine porque estoy cansado de que todos me protejan con mentiras.

Algo pasó entre ellos que era demasiado privado para que Alma pudiera nombrarlo.

Efraín soltó el aire.

—Los investigadores decidieron muy rápido que el incendio había sido provocado. Encontraron un bote de acelerante en mi camioneta.

Silas frunció el ceño.

—¿Qué?

—Usaba solvente en el taller. La mitad de los mecánicos del pueblo tenía el mismo bote.

—Nunca me dijiste que lo encontraron en tu camioneta.

—También encontraron la huella de tu zapato dentro de la casa.

Silas quedó en silencio.

Alma lo miró.

—Claro que la encontraron —dijo Efraín—. Estuviste dentro. Sacaste a Alma. Pero el detective me mostró una petición juvenil con tu nombre escrito arriba.

El color abandonó el rostro de Silas.

—Me dijo que un testigo había visto a un muchacho cerca de la puerta lateral. Dijo que, si yo seguía fingiendo que no sabía cómo había comenzado el fuego, podía dejar que un juez decidiera si mi hijo de doce años había estado jugando con combustible.

—Eso jamás se habría sostenido —dijo Alma.

Efraín la miró casi con ternura.

—Tú lo sabes ahora. Yo era un mecánico que había discutido públicamente con la familia Ríos, una mujer muerta que antes me había amado y un hijo con una quemadura en el brazo. El pueblo ya tenía el final que quería.

Las manos de Silas se habían cerrado en puños.

—Entonces confesaste por mí.

—Confesé porque creí que podía contenerlo.

—Fuiste a prisión.

—Sí.

—Por mí.

—Por ti. Por tu madre. Por mi propio miedo. No lo conviertas en algo noble. El miedo no se vuelve noble solo porque ama a alguien.

Silas apartó la mirada.

Alma entendía demasiado bien esa frase.

—¿Dónde estaba Rafael? —preguntó.

Los ojos de Efraín volvieron a ella.

—Afuera de la sala de interrogatorio.

—¿Escuchó la amenaza?

—Escuchó suficiente.

—Y no dijo nada.

—Había enterrado a su hijo dos días antes.

—Eso no responde.

—No.

—¿Le pediste que dijera la verdad?

—Sí.

—¿Cuándo?

—Antes de que yo firmara.

—¿Qué dijo?

El rostro de Efraín se volvió distante.

—Dijo que Marisol no sobreviviría otro escándalo.

Algo dentro de Alma se volvió muy frío.

—Escándalo.

—Esa fue su palabra.

—Habían muerto tres personas.

—Sí.

—Y a mi padre le preocupaba un escándalo.

—Le preocupaba lo que pasaría si los documentos de propiedad entraban en la investigación. Había firmado algo que no debía firmar.

—La venta.

Efraín asintió.

—¿Qué tenía de malo?

—Eso está en el libro rojo.

—No tenemos el libro.

—Rosa sabe dónde lo llevó Inés.

Silas se inclinó hacia delante.

—¿Tú sabes?

—Sé a dónde se suponía que iba.

—¿Dónde? —preguntó Alma.

Efraín miró al guardia y luego volvió a ella.

—Pregúntale a Rosa quién llevó a Inés a su casa desde el Ayuntamiento la tarde anterior al incendio.

—¿Por qué no me lo dices tú?

—Porque yo no lo vi. Rosa sí. Hay una diferencia entre memoria y testimonio. Once años de mentiras deberían habernos enseñado a todos a respetar esa diferencia.

Alma se recostó en la silla.

Por primera vez entendió por qué aquel hombre no se parecía en nada al monstruo que Santa Bruma había construido.

Los monstruos no acostumbraban insistir en estándares de evidencia.

Silas seguía mirando a su padre.

—¿Por qué nunca apelaste?

El rostro de Efraín se tensó.

—Lo hice. Dos veces. La confesión tenía suficientes detalles para enterrarme.

—Si era falsa, ¿cómo sabías los detalles? —preguntó Alma.

—El detective me los dio.

La sencillez de la respuesta daba náuseas.

—¿Puedes probarlo?

—No.

—Entonces, ¿por qué me llamaste?

Efraín la observó durante mucho tiempo.

—Porque sacaste la carta a la luz.

—Yo no la saqué. Silas lo hizo.

—Sí.

Algo en su manera de decirlo la inquietó.

—¿Sabes quién la puso en la casa?

Los ojos de Efraín se desviaron hacia su hijo.

—No.

Una pausa.

Alma la notó.

—Pero sospechas.

—Sospecho de todos los que sobrevivieron.

El guardia anunció cinco minutos.

Efraín estiró la mano sobre la mesa, pero se detuvo antes de tocar la de Silas.

—Escúchame.

Silas lo miró.

—No confundas encontrar la verdad con castigarte por no haberla encontrado antes.

Silas tragó saliva.

Efraín se volvió hacia Alma.

—Y tú.

—¿Qué?

—Tu hermano no nos tenía miedo.

A Alma se le cortó la respiración.

—Fue al taller dos veces esa semana. No dejaba de preguntar por los papeles de propiedad. Dijo que tenía pruebas de que alguien había cambiado una página después de que Rafael firmó.

—¿Dónde están?

—No quiso decírmelo.

—¿Qué clase de prueba?

—Una fotografía. Tal vez más.

La cámara de Samuel.

Alma pensó en la tercera fotografía que faltaba de la bolsa de evidencia policial.

—¿Dijo quién la cambió?

Efraín asintió una vez.

—¿Quién?

El guardia dijo que se había terminado el tiempo.

Efraín se puso de pie.

—Papá —dijo Silas.

El hombre mayor miró a Alma.

—Dijo que las iniciales eran C.V.

Luego el guardia se lo llevó.

Alma quedó inmóvil bajo la luz fluorescente.

Silas tampoco se movió junto a ella.

C.V.

Celia Voss.

O la coincidencia más limpia que Santa Bruma había pedido creer jamás.

La historia continúa en el siguiente capítulo.