Capítulo 9 — Donde Termina el Naranjal
Alma no fue a la dirección a las 8:30.
A las 8:31 se odió por no haber ido.
A las 8:32 odió al remitente desconocido por hacer que la prudencia se sintiera como cobardía.
A las 8:40, Silas llegó a la casa de Rosa Vela con dos cafés y la expresión de un hombre al que ya le habían dicho que no tenía permitido hacer algo imprudente.
Camila lo señaló desde la cocina.
—Dije que no.
—Me mandaste una dirección y “no vayas”. Eso no es comunicación. Es carnada.
—Estaba documentando la amenaza.
—Incluiste la hora.
—Para documentarla.
Rosa bebió té en la mesa.
—Los dos son agotadores. Siéntense.
Silas miró a Alma.
—¿Estás bien?
—No.
—Bien.
Ella frunció el ceño.
—Sería raro que lo estuvieras.
Le dio uno de los cafés.
Alma lo aceptó.
El gesto pequeño se sintió más íntimo de lo que debía.
Entregaron la dirección a la abogada del condado en quien Rosa confiaba. Reenviaron los mensajes anónimos. Camila respaldó las fotografías de Samuel en dos unidades cifradas y en un juego impreso que selló en un sobre y escondió en un lugar que se negó a revelar.
A las diez ya no quedaba nada por hacer salvo esperar a que adultos con credenciales se movieran a la velocidad de adultos con credenciales.
Alma ya no podía respirar dentro de la cocina de Rosa.
Silas lo entendió sin preguntarle.
Manejaron hacia el oeste.
No hacia el camino de la empacadora.
Hacia el viejo naranjal más allá.
La mayoría de los huertos de cítricos de Santa Bruma habían desaparecido bajo bodegas, fraccionamientos y centros comerciales cuyos nombres tomaban prestada la fruta que habían reemplazado. Aquel seguía allí porque el dueño había muerto en medio de una demanda y sus hijos no se ponían de acuerdo sobre el dinero.
Los árboles eran viejos e irregulares. Algunos todavía producían naranjas pequeñas que nadie cosechaba. La acequia estaba seca.
Silas estacionó junto a un portón roto.
—Venía aquí con Samuel —dijo.
Alma lo miró.
—¿La fotografía del canal?
—Más adentro.
Caminaron bajo los árboles.
La noche olía a polvo, hojas y aceite de cítrico liberado cuando la fruta caída se partía bajo sus pies.
Alma había pasado once años pensando en Samuel dentro del fuego.
Allí podía imaginarlo corriendo.
—¿Cómo era contigo? —preguntó.
—Molesto.
—Eso no basta.
—Muy molesto.
Ella le dio un golpe con el hombro.
Silas sonrió.
—Hablaba todo el tiempo. Quería irse de Santa Bruma y convertirse en seis personas distintas. Fotógrafo el lunes. Productor musical el martes. Abogado el miércoles porque había decidido que todos en el pueblo mentían.
—Esa parte suena correcta.
—Odiaba los cigarrillos.
—Ya me dijiste.
—Una vez le robó un paquete a mi papá y los remojó en el agua del canal.
—¿Efraín se enteró?
—Me culpó a mí.
—¿Delataste a Samuel?
—Jamás.
Siguieron caminando.
El naranjal se abría cerca de una caseta de bombas abandonada. Más allá, el terreno descendía hacia el canal de concreto de la fotografía.
Silas se sentó en un muro bajo.
Alma se sentó junto a él.
Durante un rato ninguno habló.
Ese silencio no se sentía como los silencios de su familia.
No exigía nada.
Alma miró su cicatriz.
—¿Todavía duele?
—A veces cuando hace frío.
—En Santa Bruma nunca hace frío.
—Exactamente. Excelente planeación urbana.
Ella se rió.
Entonces él la miró.
No como la había mirado en el memorial, a través de once años de un reconocimiento imposible.
Solo a ella.
Alma sintió la diferencia.
Era más peligrosa.
—Mi mamá dice que Inés y tu papá estuvieron juntos cuando eran jóvenes —dijo.
Silas asintió.
—Me lo dijo una vez.
—¿Tú también sabías eso?
—Sabía que se habían amado. No conocía los detalles.
—¿Por qué todos saben más de mi familia que yo?
—Tu familia tiene un museo. Los museos esconden bodegas.
—Eso fue irritantemente bueno.
—Trabajo con transmisiones. Contenemos multitudes.
Alma sonrió y luego miró hacia la línea oscura de árboles.
—Dejaron que las familias los convirtieran en enemigos.
—Tal vez.
—¿Crees que nosotros estamos haciendo lo mismo?
Silas guardó silencio.
—No.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque estoy sentado aquí.
—Es un estándar muy bajo.
—Para un Abarca y una Ríos, es revolucionario.
La palabra debía haber sonado grandiosa.
Él la hizo sonar cansada.
Alma miró sus manos.
—No sé si me gustas porque recuerdo que me salvaste.
Silas no se inmutó.
—Es justo.
—No sé si confío en ti porque mi familia me dijo que no lo hiciera.
—También es justo.
—No sé si esto soy yo eligiendo algo o solo negándome a obedecerlos.
Él asintió.
—Esa sí importa.
Alma lo miró.
—No se supone que seas razonable. Arruinas la estética del amor prohibido.
Silas soltó una carcajada plena, sorprendida.
El sonido atravesó el naranjal.
Luego se puso serio.
—Alma, no me debes nada porque te saqué de un incendio.
—Lo sé.
—No le debes perdón a mi padre.
—Lo sé.
—No tienes que convertirme en la prueba de que tu familia estaba equivocada.
—Lo sé.
—Y no voy a tocarte a menos que dejes de decir “lo sé” y me digas qué quieres.
La noche quedó muy quieta.
El corazón de Alma le subió hasta la garganta.
—¿Y si no lo sé?
—Entonces espero.
Esa era la respuesta.
No porque fuera romántica.
Porque dejaba la elección en sus manos.
Alma se acercó.
Le tocó el costado del rostro donde el golpe de Rafael se había oscurecido.
Silas permaneció inmóvil.
—¿Te duele esto? —susurró.
—Sí.
—Bien.
La boca de Silas se curvó.
—Eres hija de tu padre.
—Retíralo.
—No.
Ella lo besó.
El primer segundo fue cuidadoso.
El segundo no.
La mano de Silas llegó a la nuca de Alma. Ella sintió la aspereza de sus dedos, la pausa dentro del contacto, la pregunta que él seguía haciendo sin palabras.
Respondió acercándolo más.
No había fuego.
Ni multitud.
Ni muro del memorial.
Durante un minuto, la historia perteneció solo a las dos personas que estaban dentro de ella.
Cuando se separaron, Alma dejó la frente apoyada contra la de él.
—Esta es una idea increíblemente mala —dijo.
—Sí.
—Camila va a estar insoportable.
—Sí.
—Mi madre podría convertirse literalmente en piedra.
—Esa parte me preocupa menos.
Alma se rió contra su hombro.
El teléfono de Silas vibró.
Los dos se congelaron.
Él lo revisó.
Camila.
Alma soltó el aire.
—¿Qué quiere?
Silas leyó el mensaje.
Su expresión cambió.
—¿Qué?
Le entregó el teléfono.
MEJORÉ LA FOTO VIEJA. HAY ALGO ESCRITO EN EL CONCRETO DETRÁS DE SAMUEL. TIENEN QUE VERLO.
Debajo había un recorte de la fotografía del canal.
Detrás de Samuel y de Silas a los doce años, rayadas en el pilar de concreto, había letras que Alma había confundido con grafiti.
S.R. + una flecha.
Debajo:
PUERTA DE ATRÁS / LADO DE LA COCINA.
Alma se quedó mirando.
—¿Samuel escribió eso?
Silas se acercó.
—No lo sé.
—Dijiste que aquí se veían.
—Sí.
—¿Alguna vez habló de una puerta trasera?
El rostro de Silas se tensó mientras el recuerdo lo atravesaba.
—Una vez.
—¿Qué dijo?
—Que todas las casas viejas tienen una entrada que los adultos olvidan.
Alma pensó en la llave de latón en la cocina de Rosa Vela.
En el mapa tosco del libro rojo.
ATRÁS.
Samuel conocía la segunda entrada.
Se puso de pie.
Silas le tomó la mano.
—Esta noche no.
—No dije nada.
—Te levantaste como una Ríos.
—¿Qué significa eso?
—Que alguien está a punto de arrepentirse de haberte dicho que no.
Alma miró hacia Santa Bruma más allá del naranjal.
En algún punto de la oscuridad estaba la cimentación quemada de la casa de su infancia.
En algún lugar debajo, quizá, una puerta llevaba once años esperando.
Volvió a sentarse.
—Mañana —dijo.
Silas pareció aliviado.
Entonces vibró el teléfono de Alma.
Número desconocido.
Una fotografía cargó lentamente.
Mostraba a Alma y Silas besándose bajo los naranjos.
Tomada minutos antes.
La leyenda tenía solo cuatro palabras.
AHORA ESCOGE UN BANDO.
La historia continúa en el siguiente capítulo.