La Casa al Otro Lado del Fuego

Capítulo 12 — Humo Sin Memorial

Un capítulo vivo de una novela en curso.
Capítulo 12 de 15

El fuego se veía distinto cuando nadie había colocado sillas a su alrededor.

No había lirios blancos en el taller mecánico. Ni alcalde. Ni lenguaje pulido sobre la resiliencia.

Solo luz naranja golpeando a través del techo y humo negro doblándose sobre sí mismo encima de la cuadra.

Alma lo vio desde tres calles de distancia.

Rosa se había negado a dejarla manejar después de escuchar a Silas por teléfono, así que Camila llegó como un fenómeno meteorológico, se pasó un semáforo en rojo y estacionó detrás de un camión de bomberos.

Silas estaba al otro lado de la calle con una camiseta gris y las manos negras de hollín.

Alma salió del auto antes de que terminara de detenerse.

Él la sujetó por ambos hombros.

—Te dije que te quedaras ahí.

—¿Estás bien?

—Estoy bien.

Ella lo revisó de todos modos.

Rostro. Brazos. Manos. Nada de sangre. Ninguna quemadura nueva.

Solo entonces respiró.

—¿Qué pasó?

—Fui por cena. La compañía de alarmas llamó. Regresé y vi humo.

—Entraste.

Su expresión lo admitió.

—Silas.

—La oficina estaba despejada. Saqué el disco duro.

—¿Entraste a un edificio en llamas por un disco duro?

—Por las grabaciones de seguridad.

Camila llegó junto a ellos.

—Voy a atropellar a los dos con mi auto.

Un bombero gritó que todos se alejaran más.

Lo hicieron.

El techo de la nave del taller cedió con un sonido que Alma sintió en los dientes.

Las llamas salieron por una ventilación rota.

Durante un segundo terrible, el presente desapareció.

Humo en la boca.

La mano de un niño.

Samuel.

Alma no podía moverse.

Silas lo vio.

Se colocó frente a ella, tapándole el incendio.

—Mírame.

No podía.

—Alma.

Su respiración se volvió corta.

—Mírame.

Obligó a sus ojos a encontrar los de él.

—Estás afuera —dijo Silas—. Eres veinte años mayor que el cuarto que tienes en la cabeza. Estás afuera.

Alma asintió.

—Dilo.

—Estoy afuera.

—Otra vez.

—Estoy afuera.

El camión de bomberos rugió detrás de él.

Alma siguió mirando a Silas hasta que la casa vieja la soltó.

Entonces se dio cuenta de algo.

—Dijiste veinte años.

Él parpadeó.

—Las matemáticas bajo presión no son mi fuerte.

Alma se rió tan de golpe que terminó llorando.

Camila se secó sus propios ojos y dijo:

—Los dos son imposibles.

El incendio quedó contenido en cuarenta minutos.

El taller estaba arruinado.

La oficina sobrevivió con daños por agua. Las áreas principales no.

Un investigador de incendios se acercó a Silas cerca de la medianoche.

—¿Usted tiene las llaves?

—Sí.

—¿Alguien más tiene acceso?

—El dueño. Dos empleados. Los dos están fuera de la ciudad esta noche.

El investigador miró hacia la puerta trasera ennegrecida.

—Encontramos señales de entrada forzada atrás.

El rostro de Silas se endureció.

—¿Y el punto de inicio?

—Demasiado pronto para decirlo.

—¿Accidental? —preguntó Alma.

El investigador la miró y luego al agente de policía que estaba cerca.

—Demasiado pronto —repitió.

Pero no dijo probable.

Eso importaba.

Silas entregó el disco duro recuperado al agente.

Las cámaras del taller almacenaban las grabaciones localmente. Si el fuego hubiera llegado antes a la oficina, el video habría muerto con el resto.

A la 1:17 de la mañana vieron la grabación en una computadora portátil de la policía.

Una persona con capucha entró al callejón trasero a las 9:42.

El ángulo de la cámara no captó su rostro.

La figura cargaba un recipiente pequeño.

A las 9:45 desapareció detrás del taller.

A las 9:49 apareció humo.

Luego un auto cruzó el extremo lejano de la imagen.

Sedán oscuro.

Sin placa visible.

Camila se acercó.

—Pausa.

El agente detuvo el video.

En la esquina inferior del parabrisas había una calcomanía cuadrada y pálida.

Silas frunció el ceño.

—¿Permiso de estacionamiento?

Alma había visto una parecida esa mañana.

El auto de Celia, afuera de la casa Ríos, llevaba una calcomanía municipal de estacionamiento para empleados.

—Eso no prueba nada —dijo el agente antes de que Alma pudiera hablar.

—Lo sé —respondió ella.

Estaba aprendiendo.

Una verdad mal contada podía convertirse en otra mentira.

El agente copió la grabación.

Cuando salieron, Alma olió ceniza mojada.

Ningún perfume de memorial podía ocultarla.

Silas se quedó junto a la nave destruida y pareció más pequeño que en todo el día.

—¿Este lugar era tuyo? —preguntó ella.

—No. Pero iba a comprar una parte.

—Nunca me dijiste.

—Nos conocemos desde hace cuarenta y ocho horas.

—Esa excusa ya envejeció.

Él sonrió apenas.

Luego la sonrisa desapareció.

—Mi papá trabajó aquí.

—¿Antes?

—Antes de todo.

El fuego había encontrado otro cuarto familiar.

Alma le tomó la mano.

Esta vez él no dudó.

—No vamos a detenernos —dijo ella.

Silas miró el taller quemado.

—Lo sé.

—No suenas feliz al respecto.

—No estoy feliz de que alguien esté provocando incendios porque hicimos preguntas.

—Eso es razonable.

—Tengo profundidades ocultas.

Alma se apoyó en él.

Durante un rato observaron a los bomberos enrollar las mangueras.

Luego Silas dijo:

—La dirección de anoche.

—¿Qué pasa con ella?

—Pasé por ahí antes de venir.

Alma se separó.

—¿Hiciste qué?

—No me detuve.

—Esa frase no te está ayudando.

—Era una empacadora vacía. Puertas encadenadas. Ningún auto.

—Entonces la reunión era carnada.

—Tal vez.

—¿Para qué?

Silas miró el taller destruido.

—Para saber dónde no estábamos.

Alma sintió frío.

Si hubieran ido a la reunión, el taller habría ardido de todos modos.

Si Silas se hubiera quedado trabajando, quizá habría estado adentro.

La amenaza bajo el lirio quemado regresó.

El próximo incendio no será un recuerdo.

Este casi había cumplido la promesa.

Camila llegó corriendo desde el auto de la policía.

—Alma.

Su rostro había cambiado.

—¿Qué?

—Volví a abrir el escaneo de alta resolución de la tercera fotografía.

—¿Ahora?

—Necesitaba hacer algo además de ver a hombres echarle agua a una tragedia.

Le mostró el teléfono.

La fotografía de Celia y Rafael junto al portón de los Ríos llenaba la pantalla.

Camila amplió más allá de ellos.

Hasta la ventana oscura de la casa detrás de Rafael.

Apareció un reflejo en el vidrio.

Alguien estaba dentro de la cocina tomando otra fotografía.

Samuel.

Y reflejada junto a él, apenas visible, había una página sostenida frente a la cámara.

Dos números de parcela.

Dos tipografías distintas.

El cambio.

Samuel había fotografiado la propia página alterada.

Pero la imagen en la mano de Camila era solo el reflejo de la fotografía que él había estado tomando.

El original seguía perdido.

Alma miró hacia la línea oscura de Santa Bruma.

—La puerta de atrás —dijo.

Silas siguió su mirada.

Esta noche no.

Ninguno de los dos tuvo que decirlo.

Pero pronto.

La historia continúa en el siguiente capítulo.