Capítulo 11 — La Caja de Ofelia
El lirio quemado cambió las reglas.
Hasta entonces, el peligro había vivido en fotografías, mensajes, papeles viejos y esa clase de amenazas que la gente podía descartar como teatro.
Una flor tocada por el fuego seguía siendo teatro.
Pero olía a verdad.
Silas llamó a la policía.
Alma esperaba que no lo hiciera.
Esa era una de las primeras cosas que estaba aprendiendo de él: le interesaba menos representar dureza de lo que Santa Bruma exigía a los hombres que ya había juzgado.
Un agente fotografió el lirio, embolsó la nota, levantó un reporte por la ventana rota del taller y preguntó si tenían enemigos.
Camila se rió desde la banqueta durante casi un minuto entero.
Al agente no le causó gracia.
Para la tarde, la abogada del condado que Rosa había recomendado había coordinado recoger copias del libro rojo, las fotografías de Samuel, los mensajes anónimos y la amenaza. Les aconsejó no publicar evidencia en internet y no volver a confrontar a Celia sin que estuviera presente un abogado.
Alma aceptó una de esas dos cosas.
Rosa llamó a las cuatro.
—Ven sola —dijo.
Alma miró a Camila.
—¿Qué significa sola?
—Significa sin el muchacho Abarca y sin la prima que cree que un bate de béisbol es una estrategia legal.
Camila, escuchando por altavoz, pareció ofendida.
—Puede serlo.
Rosa colgó.
Cuando Alma llegó, la anciana la esperaba en el cuarto trasero de la casa.
Sobre la cama había una caja de madera.
No roja.
No misteriosa.
Solo cedro, rayado en las esquinas, con OFELIA escrito debajo en marcador deslavado.
El pecho de Alma se apretó.
—¿Era de ella?
—Sí.
—¿Por qué la tiene usted?
—Porque Ofelia no confiaba en la gente que habla bonito en los funerales.
—Eso describe a la mitad del pueblo.
—A más.
Rosa se sentó al borde de la cama.
—Tres días antes del incendio, Ofelia me trajo esto. Dijo que si las cosas se calmaban, regresaría por ella.
—Nunca regresó.
—No.
—¿Por qué esperó tanto?
Rosa miró a Alma.
—Porque me dejó instrucciones.
—¿Qué instrucciones?
—Si la muchacha Ríos empieza a hacer preguntas porque quiere la verdad, dáselo. Si empieza a preguntar porque quiere venganza, quémalo.
Alma miró la caja.
—¿Cómo iba a saber la diferencia?
—Esperé hasta que besaras al muchacho Abarca.
La boca de Alma se abrió.
Rosa sonrió.
—La venganza suele ser menos complicada.
—Usted da miedo.
—Me lo han dicho.
La tapa se abrió con un pequeño suspiro seco.
Dentro había cosas ordinarias.
Una libreta de compras.
Un rosario con el broche roto.
Dos tarjetas de recetas.
Una Polaroid de Ofelia riendo junto a Inés en una mesa de cocina.
Un pañuelo doblado con las mismas flores rojas bordadas que la toalla.
Y una llave pequeña de latón con una etiqueta de papel atada.
B.
Alma tomó primero la libreta de compras.
Las primeras páginas eran listas.
Leche. Arroz. Limones. Café. Crema para la cara de Marisol. Cereal de Samuel, no el caro. Calcetines de Alma.
Alma se rió y lloró al mismo tiempo.
—Ella compraba mis calcetines.
—Compraba todo para todos —dijo Rosa.
Cerca de la mitad, las listas cambiaban.
Ofelia había empezado a escribir notas entre las compras.
Martes. Señora Celia vino después de cenar. Señor Rafael enojado. Inés dice que no sale ningún papel.
Miércoles. Samuel escuchó otra discusión. Le dije que dejara de esconderse junto a las escaleras.
Jueves. Inés en Ayuntamiento. Regresó con muñeca roja. No quiso decir.
Viernes. Señor Efraín vino a puerta de atrás. Hablan como viejos amigos que fingen no serlo.
Luego la última página.
Día del incendio.
Comprar canela.
Recoger vestido de Alma.
Decir a señora Marisol que puerta de atrás de cocina se atora otra vez.
Celia llamó dos veces.
Inés dice que copias salen esta noche.
Samuel dice que tomó foto de “el cambio”.
No dejar que la guarde en su cuarto.
Alma volvió a leer la última línea.
—El cambio.
Rosa asintió.
—Ofelia nunca me explicó qué significaba.
—Podrían ser las páginas.
—Podría.
—Samuel tomó una fotografía.
—Sí.
—La que falta de la bolsa de evidencia.
—Tal vez.
Alma levantó la llave de latón marcada con B.
—¿Puerta de atrás?
—Quizá.
—Ahora hay dos llaves.
—La que me dio tu madre y esta.
—¿Cuál abre qué?
—Ese es problema de tu generación.
Alma la miró.
Rosa dio unos golpecitos sobre la caja.
—Hay más.
Debajo de la libreta había una pequeña grabadora de voz.
Era de las digitales antiguas, de plástico plateado y con una pantallita.
Alma la miró fijamente.
—¿Funciona?
—Le pongo baterías una vez al año.
—¿La escuchó?
—No.
—¿Por qué no?
—Porque la nota de Ofelia decía que era para Inés si algo le pasaba.
—Pero Inés también murió.
—Sí.
—¿Entonces la mantuvo sin escuchar once años?
Los ojos de Rosa se afilaron.
—La privacidad no vence cuando alguien muere.
Alma sostuvo la grabadora.
—Yo no soy Inés.
—No.
—Entonces, ¿por qué me la da?
—Porque las personas a quienes quizá acuse siguen vivas.
La grabadora contenía tres archivos.
El primero eran seis segundos de Ofelia probándola.
—Uno, dos. Esta cosa oye mejor que mi marido jamás oyó.
Alma se rió a pesar de todo.
El segundo era una receta dictada bastante mal.
El tercero duraba doce minutos con catorce segundos.
Alma presionó reproducir.
Al principio, platos.
Una silla arrastrándose.
La voz de Inés, lejana.
—...no voy a firmar nada más.
Rafael respondió:
—Ya te dije que era una opción.
—Entonces, ¿por qué la copia registrada incluye la casa?
Una tercera voz.
Celia.
—Estás entendiendo mal un anexo.
Inés se rió.
No fue una risa amable.
—¿También entiendo mal el número de mi propia parcela?
Silencio.
Luego Marisol.
—Por favor. Samuel está arriba.
—Siempre está arriba —dijo Inés—. Eso no lo vuelve sordo.
Un golpe.
La voz de Celia, ahora más cerca.
—Dame el libro.
—No.
—Inés.
—No.
La grabación crujió.
Ofelia se movió, quizá guardando la grabadora en un bolsillo.
Rafael dijo:
—Celia, vete a tu casa.
Luego una frase tan baja que Alma tuvo que reproducirla otra vez.
Celia dijo:
—Si esas copias salen de esta casa, Rafael no pierde solamente la propiedad.
Marisol preguntó:
—¿Qué significa eso?
Celia respondió:
—Significa que pierde la parte de su vida que tú todavía crees que está limpia.
La grabación terminó.
No porque la conversación hubiera terminado.
Porque Ofelia la detuvo.
Alma permaneció inmóvil.
—¿Con qué lo estaba amenazando?
Rosa negó con la cabeza.
—No lo sé.
—Mi mamá estaba ahí.
—Sí.
—Lo escuchó.
—Sí.
—Entonces sabe.
—Tal vez.
Alma se puso de pie.
Rosa le apuntó con el bastón.
—Nada de confrontaciones esta noche.
—Voy a mi casa.
—Contigo eso no es lo mismo.
Alma guardó la grabadora en su bolsa.
Luego se detuvo.
—Primero las copias.
Rosa sonrió.
—Ahora estás aprendiendo.
Duplicaron los archivos en dos unidades. Una se quedó con Rosa. La otra fue al paquete de evidencia de la abogada.
Alma conservó la grabadora original.
Cuando salió, la tarde había descendido cálida y anaranjada sobre Santa Bruma.
Su teléfono mostraba tres llamadas perdidas de Silas.
Lo llamó.
Contestó al primer timbrazo.
—¿Dónde estás?
—En casa de Rosa.
—Quédate ahí.
El estómago de Alma se tensó.
—¿Qué pasó?
—Se activó la alarma del taller.
—¿Y?
—Estoy del otro lado de la calle.
—¿Por qué?
Silas respiraba demasiado rápido.
—Porque el taller está en llamas.
La historia continúa en el siguiente capítulo.